Alan Peña tenía 13 años cuando fue torturado salvajemente durante 8 horas y posteriormente asesinado por dos adultos en una casa de Pedro de Valdivia, en Temuco; el pequeño Luis Díaz, de 11 años, fue asesinado en la localidad de El Huique, con un cuchillo, a manos de su propio padre, en marzo de este año; o podríamos recordar a Hans Pozo, o a los cuatro hermanitos en Santa Rosa, en Temuco, asesinados por su propia madre en los `90 , o el sufrimiento del Cisarro, que contenía, en sí mismo, todas las fallas del sistema y el desamor de una familia.

Miles de historias, que repletan la prensa amarillista, dan cuenta de niños asesinados o maltratados de manera horrenda; de niños que han pasado por el sistema de Justicia chileno, una y otra vez; que se han institucionalizado en centros del Sename; que han gritado por ayuda o llamado a su mamá por las noches. Tantas historias que sólo quedan en la memoria electrónica de los medios de comunicación, pero no calan el alma de Chile para iniciar un cambio que contenga a esos pequeños corazoncitos, a esos niños que buscan un beso en la cabeza antes de dormir.

Ámbar lo intentó. Casi lo logra, pero el entorno pudo más. Sobrevivió al descuido, al maltrato, a los golpes e, inclusive, gracias a su espíritu de sobrevivencia, sabía que debía alejarse del “Asesino del Tambor”; pero ella no pudo evadir sus circunstancias, ni el ir a buscar su dinero mensualmente a la casa del abusador y de una madre que no supo elegir.

En medio del cacareo de los matinales y de la vulneración de los espacios de investigación de la Policía de Investigaciones (PDI), además de exponer de manera cruda y morbosa el dolor y la precariedad del entorno de la pequeña de 16 años, la realidad da cuenta de la institucionalidad insuficiente; de nuestros procesos carentes de lógica y efectividad; del poco cuidado y entrega del Estado; de lo corto que se quedan los discursos de campaña; de las promesas incumplidas, que aseguraban que el bienestar de los niños iba a estar primero y queda sólo la pena y el pataleo de las cacerolas y de las marchas que claman justicia.

En 2017 la PDI registró 2 mil 71 casos de violencia y maltratos graves, incluyendo 310 agresiones de connotación sexual, en hogares del Sename.

El informe, de 28 tomos, elaborado por la policía, fue hecho a partir de la petición del fiscal regional de Los Lagos, Marcos Emilfork, quien investigó las mil 313 muertes en centros del Sename entre el 2005 y 2016, reportadas tras el deceso de Lissete Villa, la pequeña a quien se le suministró medicamentos sin supervisión médica, lo cual le produjo la muerte.

El texto indicó que nada menos que en el 100% de los centros, que dependen directamente del Sename, “se han cometido de manera permanente y sistemática acciones que lesionan los derechos de los niños, niñas y adolescentes” y, que en un 50% de los hogares a nivel nacional, se han verificado abusos sexuales.

Si, desde el 2017 las autoridades conocen este documento, que contiene los horrores más oscuros que una nación puede esconder, pero, aparte de escandalizarse, de tiempo en tiempo, tras alguna vejación o muerte que resuena en los medios de comunicación, nada se ha hecho.

Hoy la conversación sobre el futuro de nuestro país está en el tapete, algunos tienen 6 ó 7 años y ya han sufrido lo macabro de la penetración de la pedofilia en nuestro país, del hambre, de la prostitución, de los golpes y, lo más demoledor, de tener conciencia de no ser amado por nadie.

La labor es titánica, inmensa, carísima, larga y muy difícil. Es probable que los resultados no sean satisfactorios, ni siquiera para lucir sus números en la cuenta pública presidencial, que cada año resuena en el mármol del Congreso, pero estoy segura que eso no le importaría al país, porque el sólo hecho de avanzar hacia un mejor Estado, bastaría para proyectar un futuro más prometedor del que hoy Chile se muestra a sí mismo.

Hoy se construye la ciudadanía que caminará por las calles en 20 años más; los niños que hoy sufren quizá serán los adultos indolentes del mañana, aquellos que jamás tuvieron una mano amiga, ni siquiera un Estado protector. Ámbar se fue sin ver siquiera un esfuerzo concreto hacia aquella idea, es probable que llorara antes de partir, pidiendo a gritos que alguien la salvara. Ella será una niña más que pasará a la estadistica macabra de los pequeños que murieron intentando sobrevivir en un país que no ha sabido mirar hacia el futuro responsablemente y que se ha prostituido por unas cuantas monedas en promesas cortoplacistas y medidas que parchan la moral de un país roto.

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