Baja participación votante: el verdadero enemigo político

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Desde que se aprobó el límite a la reelección, las aguas han comenzado a moverse cada día más rápido. Algunos nombres, algunos cálculos de votaciones probables, inclusive algunas alianzas, hacen eco en regiones y en la capital, ante la posibilidad de proyectar positivamente las próximas elecciones municipales y de enfrentar las Presidenciales con terreno ya ganado; un trabajo mecánico e histórico, que los bloques políticos realizan en cada proceso eleccionario casi de memoria.

Llama la atención que tras un remezón social tan grande como el ocurrido en octubre pasado y aún sobreviviendo a una pandemia que ha cobrado vidas y ha dejado agonizantes a miles de Pymes del país, con la cesantía y angustia que ello conlleva, se avizore el mismo formato, en el cual se prepara un pack de candidatos, seleccionados y nominados en mesas de negociación partidistas, sin posibilidades de cambios ni opciones para la población votante.

Pero la única verdad que se estrella en la cara frente a este nuevo proceso, es que a menos de la mitad del país le importa un carajo, tanto así, que ni siquiera ejerce su voto.

Claro, quizá se plantee desde algún sillón encumbrado en el poder que no es importante que el pueblo se sienta partícipe de este tipo de procesos, total, las elecciones se realizarán igualmente y los nuevos ganadores ocuparán sus cargos envueltos en un sentido de democracia válida, aunque, digámoslo, con un tufillo de rechazo, esto, porque hemos transitado como país desde un maravilloso encantamiento, hasta la decepción profunda.

En el Chile de 1989, un 86% de la población en edad de votar lo hizo para retornar a la democracia, mientas que en las últimas elecciones presidenciales este porcentaje sólo alcanzó un 49,3%. Se podría decir, a partir de estas cifras que, quizá, a los chilenos ya no le interesa la política, aunque para ser justos, a Chile lo han retirado paulatinamente de la participación habitual en la toma de decisiones en su entorno inmediato, en la priorización de temas comunales, regionales y nacionales.

Sin duda existe una distorsión de la representatividad que deslegitima el sistema político ante la ciudadanía, y es que se ha planteado hasta el cansancio que la gran mayoría de las personas sí considera que los temas que se discuten en la política nacional, regional o comunal son importantes, pero que al mismo tiempo se sienten desconectados de ésta.

Ejemplos de lo anterior hay miles, destacando entre ellos una Ley de Pesca que no defiende los intereses del país, sino los de unos pocos; una protección de la infancia deplorable, tanto, que se ha roto el corazón de millones al constatar casos de abusos sexuales, maltratos físicos y hasta la muerte de niños; una regionalización que duerme en nuestra historia y que ha sentenciado a las regiones a la pobreza y a no poder elegir en qué se invierte el dinero en ellas; entre otros.

A nivel comunal, en tanto la situación no es distinta, ya que los programas de desarrollo comunal, de Salud, Planos Reguladores, o simplemente la forma en que crece la ciudad, pareciera depender del alcalde de turno, porque no son pocos los proyectos que quedan a medio camino en cuanto el sillón alcaldicio cambia de dueño, como es el caso en Temuco del sueño eterno del Parque Isla Cautín; de una Planta de Tratamiento de Residuos, aludida en tantas candidaturas; de los famosos y aún inexistentes baños públicos; o de la tan ansiada modernización de la Escuela Especial Ñielol (única en la región), entre otros tantos temas que la población proyecta durante los períodos de campaña, pero que jamás logran concretarse.

En el caso de Temuco, y de seguro en varias regiones del país, los votantes, además de tener una percepción negativa del sistema, se percibe un nivel mínimo de influencia en los procesos de toma de decisiones, no existen instancias de participación donde se tome la opinión de los ciudadanos y éstas se consideren finalmente en las acciones que se llevan a cabo, tanto por el gobierno comunal como regional.

Superar el actual fenómeno de distanciamiento y desafección es fundamental para recuperar un sistema político que sea percibido como legítimo y representativo. Quizá la gran batalla del próximo proceso eleccionario no es el color político que primará en la papeleta, sino subir el porcentaje de participación votante, que permita que a Chile nuevamente le importe el proyecto país, que se enamore otra vez del sueño posible y que la democracia sea importante para más del 49%.

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