Don de mando

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En medio de esta crisis de gobernabilidad, que vino a complejizarse con la irrupción de una pandemia que amenaza las bases del estilo de vida que – bien o mal- hemos diseñado en estos tiempos, los incautos de siempre, con ese cándido y anhelado deseo de encontrar en el poder central una reserva de autoridad con discurso firme, seguro de si mismo, hasta un poco irreverente y atrevido, vuelcan su devoción hacia un nuevo mesías, una suerte de gurú de los nuevos tiempos, deslenguado e incluso altanero, a quien le resulta indiferente hacerse de enemigos. El héroe de turno se llama Jaime Mañalich, el Ministro de Salud.

Evidentemente se trata de una autoridad que, por razones obvias, ha debido diseñar una política pública para enfrentar el agresivo brote de Corona Virus, y en razón de eso, se encuentra en la obligación de asumir diariamente la tarea de informar el avance de la enfermedad y comunicar las medidas que se van adoptando sobre la materia. Su popularidad, quiérase o no, resulta indiscutida. Todos los días se le ve enfrentando las preguntas de la prensa y lidiando con la postura inoperante de una oposición muy poco propositiva y mayormente deseosa de retroceder el tiempo seis meses para disfrutar del espectáculo de protestas, destrucción e inestabilidad política propiciado por un pueblo indignado y furioso.

El fenómeno Mañalich viene a confirmar la idea de que a la gente le genera cierta simpatía aquel líder que no le teme a la opinión pública, de carácter impulsivo e incluso autoritario, lo que puede entenderse por el desgaste y desilusión que provoca el político promedio, individuos con tendencia a la androginia social, volubles y mojigatos, que sustentan su vida laboral en acuerdos y discursos de poco monta, intrascendentes, pero visualmente llamativos. Tal parece que algún sector de la población padece de debilidades elementales que los impulsan a venerar  o subyugarse frente al personaje de lenguaje florido y hablar golpeado, tanto que no razonan al momento de colocarse debajo de él y celebrar su estilo y decisión. El mas tosco de los pensadores diría que no estamos preparados para la democracia, precisamos de alguien que golpee la mesa y eleve la voz; que una gran masa está dispuesta a seguir y acatar las directrices un dictador, de un individuo con don de mando.

El mismo Carlos Peña ha dicho que Mañalich es una persona fuerte, capaz de prescindir de la opinión ajena. Tiene don de mando dentro de una organización gubernamental que deambula preguntándose: ¿dón(-)de mando?, en una suerte de juego de palabras que retrata a la perfección las contradicciones que se advierten en las alturas de un gobierno sin rumbo.

«Mientras zanjamos aquella cuestión, no nos queda otra que asistir a la tertulia matinal de todos los días, aquella donde un Ministro hace gala de un ovacionado don de mando, mientras su jefe se cuestiona con angustia: ¿dónde mando?».

Lo observado no es nuevo y responde a un paradigma de liderazgo transversal. En efecto, cuando repasamos la historia de los gobiernos de la Concertación de Partidos por la Democracia, la adhesión principal se concentra en la presidencia de Ricardo Lagos, un líder de palabras duras; vehemente y provocador. Un poco más atrás, en la jefatura anterior a Patricio Aylwin, ni hablar: El discurso del general Pinochet aún resuena en el inconsciente de muchos connacionales que ven en su figura un sinónimo de orden y estabilidad institucional.

Si volcamos la mirada hacia el vecindario, e incluso un poco mas al norte, encontraremos que éste modelo de liderazgo ha primado en varios países: Venezuela, Brasil y Estados Unidos han apostado por gobernantes que hacen tambalear los cimientos de la democracia y la libertad cada vez que abren la boca. Aún así, cuentan con una fanaticada de adeptos irrestrictos que les perdonan hasta el más grave de sus errores. ¿Será que enfrentamos una crisis generalizada de la organización política occidental?. Mientras zanjamos aquella cuestión, no nos queda otra que asistir a la tertulia matinal de todos los días, aquella donde un Ministro hace gala de un ovacionado don de mando, mientras su jefe se cuestiona con angustia: ¿dónde mando?.

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